“Desconócete a ti mismo”: el yo exhausto y las drogas psicodélicas

Es probable que la verdadera sustancia adictiva del presente sea el Yo. Por eso son tan populares las drogas que lo exacerban, como la cocaína o las redes sociales. Y también por eso, pero en sentido opuesto, asistimos desde hace dos décadas al fenómeno bautizado como Renacimiento psicodélico o psiquedélico (después volveremos a esa vacilación): poco a poco, desde que Roland Griffiths publicó en 2006 el primer trabajo clínico riguroso sobre la psilocibina desde los setenta, la medicina y la academia occidentales están levantando el veto a sustancias antes repudiadas como el LSD o el MDMA, objeto de nuevas investigaciones mientras conquistan posiciones en el catálogo de experiencias espirituales legitimadas y como tratamientos legales contra la depresión, el estrés o la adicción.

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 Es probable que la verdadera sustancia adictiva del presente sea el Yo. Por eso son tan populares las drogas que lo exacerban, como la cocaína o las redes sociales. Y también por eso, pero en sentido opuesto, asistimos desde hace dos décadas al fenómeno bautizado como Renacimiento psicodélico o psiquedélico (después volveremos a esa vacilación): poco a poco, desde que Roland Griffiths publicó en 2006 el primer trabajo clínico riguroso sobre la psilocibina desde los setenta, la medicina y la academia occidentales están levantando el veto a sustancias antes repudiadas como el LSD o el MDMA, objeto de nuevas investigaciones mientras conquistan posiciones en el catálogo de experiencias espirituales legitimadas y como tratamientos legales contra la depresión, el estrés o la adicción. Seguir leyendo  

Es probable que la verdadera sustancia adictiva del presente sea el Yo. Por eso son tan populares las drogas que lo exacerban, como la cocaína o las redes sociales. Y también por eso, pero en sentido opuesto, asistimos desde hace dos décadas al fenómeno bautizado como Renacimiento psicodélico o psiquedélico (después volveremos a esa vacilación): poco a poco, desde que Roland Griffiths publicó en 2006 el primer trabajo clínico riguroso sobre la psilocibina desde los setenta, la medicina y la academia occidentales están levantando el veto a sustancias antes repudiadas como el LSD o el MDMA, objeto de nuevas investigaciones mientras conquistan posiciones en el catálogo de experiencias espirituales legitimadas y como tratamientos legales contra la depresión, el estrés o la adicción.

He sugerido una conexión entre la hipertrofia inducida del Yo, signo de nuestra época, y este inesperado movimiento de la historia químico-cultural porque, de hecho, los especialistas señalan la disolución del ego como la potencialidad más enriquecedora de estos (quizá mal llamados) alucinógenos. El renacimiento psicodélico y el de la mística se dan la mano en tanto que reacciones a la ansiedad contemporánea, provocada por tener que ser uno mismo todo el tiempo, un “uno” entendido como marca personal, cada vez más desentendido de la vida comunitaria, sometido a una incertidumbre constante, al que se le arrebata tanto el derecho a habitar el presente en plenitud como el de concebir un futuro habitable. Ahora bien, ¿qué significa diluir el ego? Las respuestas son múltiples: asumir la muerte y el dolor como parte de la propia biografía, sabernos inmersos en ecosistemas que nos exceden e incluyen, desbaratar las formas convencionales en que experimentamos el mundo… Pero también las hay menos luminosas.

En los últimos nueve meses, las editoriales españolas han publicado al menos media docena de ensayos en torno al Renacimiento psicodélico, una coincidencia que es el marco de este artículo. Sin embargo, vale la pena advertir a la persona interesada en el tema de que la bibliografía disponible allá afuera es desbordante. Dicho esto, quizá se pregunten ustedes por qué el LSD o la ayahuasca eran demonios hasta ayer y ahora resulta que constituyen una esperanza médica. Veámoslo.

Una paradoja en el origen

Lo escrito hasta aquí no pretende ser (ni dejar de serlo) una apología de las drogas psicodélicas. Aparte de que en la actualidad sean ilegales salvo en contextos clínicos específicos, no olvidemos que sus virtudes y sus riesgos están estrechamente ligados al contexto y la intención del consumo, las circunstancias personales, la posología, etcétera. Es cierto que los casos de sobredosis son rarísimos y técnicamente no se consideran adictivas (una afirmación químicamente ajustada que esconde algunas trampas). Pero no son un juego, como deberíamos aprender del uso ritual sagrado que les dan las culturas precapitalistas. De lo que se trata aquí, pues, es solo de repensar las ideas que nos suscita la mera pronunciación de sus nombres, LSD, ketamina, setas. Ya sean a favor o en contra, esas ideas son prejuicios condicionados por lo sucedido entre los años cincuenta y setenta del siglo XX, y ningún libro explica mejor aquel momento que Sueños de ácido, de Martin A. Lee y Bruce Shlain (Página Indómita, 2022), centrado en la genealogía del LSD. El ensayo se lee con placer gracias al tono de sus autores, rigurosos en el análisis, pero capaces de sonreír con cariño a costa de las excentricidades en que a veces cayeron los héroes de la edad de oro lisérgica, gente como Timothy Leary, Ken Kesey, el Capitán Tripis (sic) y tantos otros.

La comunidad científica acogió con entusiasmo el descubrimiento del LSD, que abría puertas a la mente

Es imposible resumir aquí lo que ocurrió en las dos décadas posteriores a que Albert Hofmann sintetizase (1938) e ingiriese (1943) la dietilamida de ácido lisérgico. Nos conformaremos con un resumen tosco: al principio, la comunidad científica acoge con entusiasmo inquisitivo el descubrimiento de esta nueva sustancia, cuyos efectos abarcan desde la percepción alterada del espacio, el tiempo, la luz o el sonido, hasta la certeza de experimentar una trascendencia divina que lleva a la comunión con quienes te rodean. ¿Qué conocimientos neurológicos podríamos obtener de su estudio? ¿Qué aplicaciones terapéuticas asignarle? El FBI también se entusiasma, aunque por otras razones, claro: en el LSD y drogas afines la agencia intuye la oportunidad de lograr el control mental del enemigo, un objetivo, ay caramba, no muy compatible con los derechos humanos ni con la legalidad. Aun así, agentes y psiquiatras coinciden en su análisis al interpretar aquellos colocones como poco más que una psicosis artificial pasajera. Hasta que un puñado de investigadores universitarios, intelectuales y artistas abiertos a la heterodoxia desafían esa visión constreñida.

El peculiarísimo Leary, Aldous Huxley o Allen Ginsberg, entre muchos más personajes, cada uno a su manera, tratarán de demostrar que el descubrimiento tiene un alcance cósmico, una capacidad inaudita de transformar a la humanidad. Por supuesto, lo fácil es caricaturizar a Ginsberg paseándose desnudo mientras busca un teléfono para concertar una cita entre Kennedy y Jruschov, meterles ácido en la bebida y así lograr la paz mundial instantánea. O reducir a folclore las aventuras de los Merry Pranksters a bordo de un autobús pintado de fluorescente a través de Estados Unidos. O burlarse de las derivas más banales y kitsch del new age. Sin embargo, una mirada limpia a la contracultura lisérgica de los sesenta ha de reconocer la colosal aventura en que se vio inmersa aquella generación de hombres y mujeres. Estaban abriendo puertas en la mente y la realidad cuya existencia Occidente había olvidado por completo. De hecho, algunas de esas puertas jamás se habían abierto antes, puesto que el LSD no se encuentra en la naturaleza y era algo totalmente nuevo, un producto estrictamente cultural. No se trata tan solo de que la cultura del momento no se entienda sin la psicodelia, ni de que su impacto llegue hasta hoy. No se trata solo de Thomas Pynchon con su universo de paranoia digresiva, ni de todos los músicos o artistas que siguieron aquella estela. Es que el mundo parecía genuinamente a punto de cambiar, abriéndose a una oleada amorosa universal.

Y no debían ser tan ingenuos, locos ni piojosos los protagonistas del verano del amor (1967), en vista de que el Gobierno de Richard Nixon les declaró una guerra abierta a partir de 1971 con la excusa de combatir las drogas, ridiculizándolos y criminalizándolos mientras los saboteaba y, en el giro más cínico posible, traficaba bajo mano, hasta conducir a las escenas alternativas de San Francisco o Nueva York a unas resacas politoxicómanas que forjarían la leyenda negra de los psicodélicos. Así que una mezcla de excesos propios (los hubo en abundancia), ingenuidades pagadas caras, conspiración de estado y conservadurismo intervencionista hizo que la exploración psiconauta sesentera desembocara en el descrédito setentero. Y de ahí viene todo cuanto creíamos saber sobre la psicodelia, de esa paradoja histórica que la trató como arma destructiva y milagro pacificador, como amenaza perversa y camino de liberación. Al final de ese proceso, a ojos de la opinión pública quedaron un tabú y un rastro de ideas distorsionadas. Ambos iban a alargarse muchos años.

Latencia cultural y travesía del desierto

El canon cultural psicodélico es inabarcable. Solo en literatura, pensemos en Jünger, Michaux o Huxley, en Europa, y en toda la generación beatnik y en casi toda la posmoderna, en Estados Unidos. Ahora bien, a partir de la segunda mitad de los setenta, esta cuestión (es decir: un modo de estructurar el lenguaje y la narración, unos horizontes políticos, una concepción espiritual…) pasa a segundo plano, e incluso la cultura rave nacida en los ochenta, que a primera vista parecería su heredera, responde en realidad a un modelo muy distinto. Esto tampoco significa que no quedase en pie ninguna enseñanza. Por ejemplo, la editorial Alpha Decay acaba de publicar una nueva traducción firmada por Victoria Malet de una novela extraordinaria, Stone Junction, de Jim Dodge. El libro se publicó por primera vez en 1990, y en él las drogas tienen un papel, aunque relevante, secundario. Da igual, la historia de su protagonista Daniel Pearse, que viene a la vida en un mundo heterodoxo, imaginativo y libre, es una fantástica síntesis del mejor aprendizaje psicodélico: sospechar de los relatos que hacen de la realidad un lugar gris, confiar en la magia como otro nombre que asignamos a la naturaleza, perseguir el conocimiento. Una obra maestra que Dodge no habría podido escribir sin la existencia de todo ese linaje que lo antecedió.

Richard Nixon les declaró una guerra abierta a partir de 1971 con la excusa de combatir las drogas

Por razones obvias y no por ello menos deprimentes, nuestro país no figura entre los lugares con mayor raigambre psicodélica, pero Pepe García Lloret con Psicodelia, hippies y underground en España (SGAE, 2006) y Germán Labrador con Culpables por la literatura (Akal, 2017) registraron muy bien la historia de quienes siguieron esa senda entre 1965 y 1980. A mí me gustaría reivindicar Cuando 900 mil mach aprox, de Mariano Antolín Rato, un estupendo escritor más recordado por las influyentes traducciones de Kerouac o Lowry, que en 1973 intentó retener en sus páginas las emociones, náuseas y conquistas propias del colocón ácido. La novela se cierra con una cuenta atrás que se lleva por delante la ortografía, la lógica, cualquier representación figurativa, y termina así: “Para Kandinsky el punto pertenece a la escritura y significa / SILENCIO”. Lleva décadas descatalogada. En fin, luego los años ochenta y siguientes iban a tener poco de psicodélico entre nosotros, lo mismo que en casi todas partes.

Eso, en cuanto a las artes. En cuanto a la dimensión psiquiátrica y terapéutica de las sustancias psicodélicas, ese aspecto entró oficialmente en coma tras la revuelta nixoniana, por mucho que en Estados Unidos jamás dejaron de existir profesionales que las administrasen a sus pacientes al margen de la ley. El psicólogo clínico Richard Louis Miller explica muy bien el paso de aquella travesía del desierto a la situación presente en dos libros que han coincidido estos días, Medicina psicodélica (Yonki Books, 2026) y Medicina psicodélica al final de la vida (Obelisco, 2026), sobre todo el primero, que reúne las conversaciones radiofónicas del autor con algunos pioneros del Renacimiento psicodélico. Seis científicos empeñados en recuperar el LSD, el MDMA, la psilocibina o la ayahuasca para el debate público, la terapia y, más allá, el desarrollo creativo de las conciencias individuales y colectivas. Miller y sus conmilitones explican con agudeza cercana los pros y los contras de cada sustancia, se muestran críticos con la industria farmacéutica y la restricción informativa que fomentan los gobiernos (en particular, el norteamericano), y auguran un futuro optimista para la normalización de un uso informado e inteligente de los psicodélicos. El libro se publicó originalmente en 2017, y una década después los nombres de Stanislav Grof, Rick Doblin o Amanda Feilding ya no son tanto punta de lanza como referencias consolidadas para nuevas promociones de psicólogos y psiquiatras.

La resurrección de la psicodelia y sus incógnitas

Quien busque buenos libros de divulgación para entender el estado actual de la cuestión está de suerte. Medicina psiquedélica, del farmacólogo José Carlos Bouso (Kairós, 2026), es un manual completo que repasa con seriedad accesible el abanico de sustancias que avala la ciencia, los avances más recientes en la investigación y qué aplicaciones podemos considerar terapéuticas, espirituales o, en definitiva, valiosas. Lo mismo que Miller, también Bouso (que es un especialista de talla mundial) subraya los efectos beneficiosos frente al dolor y en la etapa final de la vida, y proyecta una mirada lúcida tanto sobre la industria como sobre una epidemia universal de salud mental que no es sino el síntoma de otra cosa: un problema social sistémico. Por cierto, Bouso cita al doctor Juan Carlos Usó para explicar el uso de la palabra ‘psiquedélico’ frente a la alternativa ‘psicodélico’: según ambos, esta versión respeta más el origen etimológico griego, donde psykhḗ significaría ‘alma’. En última instancia, el libro aspira a ser una herramienta útil para quien lo lea, y no olvida analizar riesgos, dilemas éticos, y las condiciones que rodean al uso comunitario de los enteógenos.

Y finalmente está el pensamiento. Químicas piedades, de Marta Echaves (Cielo Santo, 2026) es un ensayo incisivo sobre la ketamina, una sustancia que deliberadamente no he mencionado hasta ahora porque es un psicodélico diferente, del mismo modo que la cultura construida a su alrededor tiene poco que ver con la del LSD. De hecho, Echaves y su prologuista, la pensadora australiana McKenzie Wark, reivindican no caer en nostalgias californianas y asumir la ketamina como una droga trans, una disociación no escapista, sino que nos re-asocia al mundo de formas nuevas, desde una corporalidad nueva que se manifiesta en raves politeístas. Fragmentarse para habitar un mundo que nos deja sin tiempo. Sobre todo, Químicas piedades sirve también para prevenirnos frente a la probabilidad de que el Renacimiento psicodélico, por muy buena voluntad que le pongan sabios como Miller, acabe siendo una marca comercial para volver a ganarle la partida al potencial disruptivo de la psicodelia, de modo que la industria farmacéutica, nuevos señores feudales como el muy ketamínico (pero ketamínico-mal) Elon Musk y la propaganda de plataforma ahoguen su potencial liberador y sagrado para convertirla en silenciador pasivo del dolor, sustento para la esclavitud. Por eso, para no olvidar que los psicodélicos pueden abordarse como estrategia radical de ruptura con la norma, merece la pena asomarse también a El viajero mental, de Juan Arnau, un libro íntimamente relacionado con las indagaciones que el autor lleva años compartiendo con sus lectores y que explica con gran elegancia la hipótesis de que la conciencia (y por lo tanto, la persona) no esté en nuestra mente, ni en nuestro cuerpo, sino a través de nuestra mente y nuestro cuerpo, es decir, que quienes somos reside en cómo nos relacionamos con el tejido del universo. “Desconócete a ti mismo”, viene a recomendar Arnau al final de El viajero mental, y a mí me recuerda a un reel de Instagram que circuló hace unos años. En él, la escritora Cristina Morales relataba el hartazgo que a la panadera de su barrio le producía toda esa gente que aconseja o exige al individuo que se integre, y remataba como un puñetazo: “Jolín con ‘intégrate, intégrate’… ¡desintégrate!”.

No se trata, en fin, de mitificar los psicodélicos, que harán su recorrido farmacológico, que se incorporan más o menos al orden aceptado de las cosas, que cambiarán vidas o no lo harán en absoluto (William Burroughs entendió bastante pronto que cuanto hay de valioso en el viaje químico puede alcanzarse también por otras vías). Ahora bien, mirarlos de frente y leer sobre ellos es un buen y legal modo de hacerlo, ayuda a preguntarse qué podríamos hacer con el Yo exhausto e histriónico del siglo XXI, con los poderes técnicos que lo utilizan para doblegarnos, y con la sed de trascendencia que sacude al ser humano, divino mortal.

ENSAYO

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El viajero mental. Una historia de la psicodelia

Juan Arnau

Galaxia Gutemberg, 2025

216 páginas. 19,50 euros

Medicina psiquedélica

José Carlos Bouso

Kairós, 2026.

510 páginas. 25 euros

Químicas piedades

Marta Echaves

Cielo Santo, 2026

280 páginas. 23 euros

Sueños de ácido. Historia social del LSD: la CIA, los 60 y más allá

Martin A. Lee y Bruce Shlain

Traducción de Luis González Castro

Página Indómita, 2023

522 páginas. 34,90 euros

Medicina psicodélica. Conversaciones

con los líderes del renacimiento psicodélico

Richard Louis Miller

Traducción de Carlos Ramos Malavé

Yonki Books, 2026

352 páginas. 22 euros

Medicina psicodélica al final de la vida

Richard Louis Miller

Traducción de David George

Obelisco, 2025

280 páginas. 19 euros

LITERATURA

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Cuando 900 mil mach aprox

Mariano Antolín Rato

Papeles de Son Armadams, 1973

196 páginas. Descatalogado

La trilogía nova

William S. Burroughs

Traducción de Rodrigo Olavarría

Anagrama, 2026

586 páginas. 29,90 euros

Stone Junction. Una epopeya alquímica

Jim Dodge

Nueva traducción de Victoria Malet

Alpha Decay, 2026

592 páginas. 27,50 euros

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