Rafael Moneo, construir las ideas es un libro sobre siete décadas escrito a lo largo de tres. Ese dato debería dar una idea de la naturaleza paradójica —paciente y ambiciosa— la convivencia de contrarios romana, que define al arquitecto español vivo más reconocido en el mundo. El conocimiento, por encima de la genialidad, está detrás de su obra. Por eso resulta tan valioso poder acercarse a sus ideas: a lo que piensa, a por qué lo piensa, a cómo lo aprendió. Y a qué le hizo, en ocasiones, ponerlo en duda. Ese viaje lo ofrece este libro escrito por la arquitecta Carmen Díez Medina. Y publicado, casi como una declaración de intenciones, en una editorial dedicada al pensamiento, la historia y la narrativa: Acantilado.
Rafael Moneo, construir las ideas es un libro sobre siete décadas escrito a lo largo de tres. Ese dato debería dar una idea de la naturaleza paradójica —paciente y ambiciosa— la convivencia de contrarios romana, que define al arquitecto español vivo más reconocido en el mundo. El conocimiento, por encima de la genialidad, está detrás de su obra. Por eso resulta tan valioso poder acercarse a sus ideas: a lo que piensa, a por qué lo piensa, a cómo lo aprendió. Y a qué le hizo, en ocasiones, ponerlo en duda. Ese viaje lo ofrece este libro escrito por la arquitecta Carmen Díez Medina. Y publicado, casi como una declaración de intenciones, en una editorial dedicada al pensamiento, la historia y la narrativa: Acantilado. Seguir leyendo
Rafael Moneo, construir las ideas es un libro sobre siete décadas escrito a lo largo de tres. Ese dato debería dar una idea de la naturaleza paradójica —paciente y ambiciosa— la convivencia de contrarios romana, que define al arquitecto español vivo más reconocido en el mundo. El conocimiento, por encima de la genialidad, está detrás de su obra. Por eso resulta tan valioso poder acercarse a sus ideas: a lo que piensa, a por qué lo piensa, a cómo lo aprendió. Y a qué le hizo, en ocasiones, ponerlo en duda. Ese viaje lo ofrece este libro escrito por la arquitecta Carmen Díez Medina. Y publicado, casi como una declaración de intenciones, en una editorial dedicada al pensamiento, la historia y la narrativa: Acantilado.
“Cualquier proyecto, por difícil, banal o prosaico que pudiera parecer, ofrece al arquitecto la oportunidad de mejorar la situación de partida”. Con esa idea, aparentemente sencilla, abordó Moneo sus primeras clases en la Escuela de Arquitectura, ETSAB, de Barcelona. Su sólido peregrinaje académico no va a la zaga de su proyección internacional como arquitecto. Y una cuestión aúna ambas ocupaciones: las ideas. Moneo no improvisa. No se inspira. No experimenta. Él estudia, razona, sopesa, busca comprender y aprende. Parece lógico, casi una perogrullada, esforzarse en comprender para lograr transmitir, pero es un trabajo laborioso, artesanal.
“Analizar la obra de otros arquitectos es lo que más me ayuda a sentirme arquitecto”. Moneo se ha acercado con la misma curiosidad a la historia —su estancia en la Academia Española en Roma aflora en proyectos como el Museo de Arte Romano de Mérida— y a las obras que, representando a veces lo opuesto a lo que defiende —la fractura del perímetro deconstructivista, en Eisenman y Gehry, por ejemplo— más le inquietan. Lo ha hecho consciente de que ese conocimiento le construye el pensamiento. Y eso, enseñar a pensar, lo ha convertido en maestro para alumnos tan ajenos a su arquitectura como Enric Miralles, Carme Pinós o cuantos ha formado en la GSD, la escuela de arquitectura de Harvard, a lo largo de 35 años —cinco como decano y 30 como conferenciante—.
“Moneo ha sido un profesor muy exigente y a pesar de sus durísimas críticas despertaba admiración entre sus alumnos”. Lo cuenta Gabriel Ruiz Cabrero, uno de los casi 100 interlocutores que construyen el retrato del arquitecto de Tudela. Explica que lo eligieron para que los acompañara en un viaje por Atenas, Estambul, Viena, Praga y Múnich, y les explicó el mundo. También que recordaba los nombres de todos los alumnos.
Treinta años ha dedicado la arquitecta Carmen Díez Medina (Madrid, 1962) a recopilar, ordenar, editar y escribir el libro que encierra esas ideas. También a narrar el primer capítulo, el más biográfico, que, por esa condición, es donde aparece el ser humano más allá de su conocimiento —o de la forma cómo lo va construyendo— que ocupa el resto del libro. Doctora por la Universidad de Viena, Díez trabajaba en esa ciudad cuando sus jefes del estudio Nigst, Hubmann y Vass —entonces ganadores del concurso para un nuevo acceso a la Alhambra— buscaron tender puentes con España. Le propusieron montar una exposición sobre Moneo. Terminó trabajando en el estudio madrileño de El Viso donde el arquitecto navarro ha ido adaptando su casa y sus sucesivos espacios a su vida familiar y profesional. En ese marco, mantuvieron las conversaciones, anotadas con rigor académico, para armar el libro.
Es difícil ser minucioso y selectivo a la vez. Moneo lo logra. Tan escrupuloso cuando estudia un edificio como cuando explica uno propio, revela, en todo cuanto hace, que la humildad es una herramienta esencial de la inteligencia, una llave para el rigor. Y el rigor le lleva a elegir. A Moneo le interesa decidir el poso de su trabajo que quedará en la historia. Tiene esa conciencia extrema de su paso por la vida, una relación intelectual, pero también paternal con lo que hace. Se diría que, de la misma manera que ha necesitado arraigar sus proyectos en la ciudad, necesita más que explicarlos, que sean comprendidos. Así, eligió hablar sólo de 21 —cuando tiene más de medio centenar construidos— y llamó a su única antología —en la que escribió todos los textos y memorias— Apuntes sobre 21 obras (GG). Apuntes.
Las ideas también las filtra. Este nuevo libro incluye las que han conducido a edificios. De sus conversaciones con otros arquitectos, las que han sido capaces de adivinar por dónde iba el mundo. Eso es este volumen: esfuerzo por entender, rigor y control. Se trata de un libro generoso en su voluntad de comunicar algo complejo. También en su búsqueda, y explicación, de una verdad propia. Y en su capacidad para analizar lo que le resulta difícil de comprender. Ese esfuerzo es un retrato. No hay nada hueco en el libro. Nada leve. Por eso tampoco hay ligereza. Y tal vez esa suma de autoexigencia y generosidad retrate a la persona tanto como las ideas al arquitecto.
Moneo no estaba convencido de que sus años de infancia y adolescencia debieran formar parte de un libro sobre la evolución de su pensamiento. Esa reserva inquietaba a la autora, que dejó la redacción de ese capítulo inicial para el final. Es una pena que, salvo en ese preludio de 50 páginas —en el que vemos crecer a Moneo hasta los 24 años—, su vida no tenga en el libro tanto peso como sus ideas. Su pudorosa reticencia contrasta con el agradecimiento infinito que repite a su mujer, Belén Feduchi, y con su testimonio con pocos filtros sobre el trabajo de colegas arquitectos o de sus propios errores. ¿Por qué en un libro sobre ideas se agradece que aflore la vida? Porque es en el contraste, o la coherencia, entre lo que se piensa y lo que se hace donde se encuentra lo real, lo que uno realmente es.
Así, sabemos, por el empeño de la autora —y por los minuciosos apéndices gráficos— que Moneo es pintor. No es que pinte, él es pintor. Esa manera de estar en el mundo —observando y creando a la vez— lo define como arquitecto. Y lo dibujó de niño. Con ocho años, copia prodigiosamente a Van Gogh. Con 12, se autorretrata. En los Jesuitas de Tudela, explica que: “El arte es más que representación. Es creación”. ¿La arquitectura? Creación responsable. Entendiendo la ciudad, como texto inacabado, el arquitecto dibuja el porvenir.
Conocemos, en ese impagable primer capítulo, que Moneo firma sus colaboraciones en un periódico universitario con el pseudónimo de Cascarrabias. Casi lo contrario de lo que lleva toda la vida mostrando en público. Por eso, este libro explica cómo Moneo piensa la arquitectura y también cómo ha mirado el mundo. Es una biografía intelectual, sí, pero también un archivo abierto, una colección de conversaciones, escritos y citas de entrevistas que permiten entrar en la cabeza de Moneo. Y que, justamente por eso, resume 70 años de arquitectura en el mundo. En 2004 Moneo escribió Inquietud teórica y estrategia proyectual en la obra de ocho arquitectos contemporáneos. Eran los proyectistas que le interesaban. Ha sido traducido a diez idiomas. Como escribe Díez Medina: “En sus páginas casi se puede escuchar la voz de Moneo en ese recorrido personal por la arquitectura de los últimos cincuenta años”. También en este libro se escucha a Moneo. Escrupulosamente anotado, tal vez tenga el desacierto del exceso documental —con notas al pie que, con frecuencia, duplican informaciones ya presentadas—. Basta con obviarlas.
Rafael Moneo, construir las ideas es un legado. Un dejar los papeles ordenados. Se diría que el último paso de Moneo para preparar su posteridad. Eso sí, ha tenido la inteligencia de confiárselo a otra persona y de aceptar otra mirada, no crítica pero tampoco hagiográfica. Gracias a Díez, aprendemos que uno de los concursos que a Moneo más le duele haber perdido fue el de la Tate Modern de Londres, que ganaron Herzog y de Meuron. No le duele por no haber construido el museo. Le duele no haber sabido ver el cambio de paradigma al que se asomaba la arquitectura. Ese es Moneo.
Es crítico. Respecto a Frank Gehry, al que le escribió un prólogo, considera que su Walt Disney Concert Hall, junto a la catedral que él mismo diseñó en Los Ángeles, “pone de manifiesto la gran distancia que los separa en términos de referencias culturales y formales y —atención— en su relación con el contexto”. Moneo construye para la ciudad. Gehry enciende un fuego. “La ciudad hoy se nos presenta como realidad fragmentada y rota”. La arquitectura actual, opina, hace esfuerzos por volver a encontrar su camino. Y ese camino, hoy, tiene más indiferencia que inclusión.
Leyendo este libro, una entiende cómo funciona la curiosidad infinita de Moneo y su necesidad de responsabilizarse de una obra. También su voluntad de no dejar nada al azar y, por lo tanto, de explicar un legado. Esa explicación puede, naturalmente, interpretarse como compartir, aclarar, apuntar o, incluso, como una justificación. Constituye, en cualquier caso, una desnudez intelectual rigurosa por cómo elige contar una aventura profesional doble, que apenas deja entrever su vida. Como si esta hubiera estado, felizmente, al servicio de esa aventura.
Rafael Moneo, construir las ideas (1954-2026). Carmen Díez Medina. Acantilado, 2026. 736 páginas. 38 euros.
Moneo siempre ha buscado interlocutores de altura. Eligió trabajar con Sáenz de Oiza y Jørn Utzon, el autor de la ópera de Sídney. Ha estudiado a autores contemporáneos que —y no es un detalle baladí— eran los más reconocidos de su momento.
James Stirling
Es casi la punta de la lanza de la educación de Moneo. Llegó a él por Sáenz de Oiza, con De la Sota, uno de sus maestros. “Buscaba una nueva estructura e imagen para el lenguaje del Movimiento Moderno”.
Robert Venturi
Casi opuesto a Stirling, a Moneo le interesaba la doble condición de Venturi como crítico y como arquitecto. También su rescate de la historia. Y su inteligencia. Su complejidad y sus contradicciones. “Revive la ideología manierista en clave contemporánea y exalta su ambigüedad”.
Aldo Rossi
Fue un impacto inicial en un joven Moneo. Su idea de una arquitectura al servicio de la ciudad deriva de Rossi. Y está presente en el Ayuntamiento de Logroño. Sin embargo, el rossianismo [esa especie de arquitectura metafísica De Chiriquiana] “al que el propio Rossi sucumbió”, hizo que “la arquitectura acabara siendo para Rossi el medio con que construir sus propios dibujos”.
Peter Eisenman
Fue Eisenman quien le abrió a Moneo las puertas de Nueva York, es decir, de EE UU. Autor de una arquitectura intelectualizada y abstracta “impensable en Europa”, dice. Ha sido un teórico a veces en apuros al llegar a la práctica. Posiblemente es lo que Moneo no soportaría ser. Y, a la vez, esa fascinación por pensar y repensar les ha unido. “La fuerza con que Eisenman plantea sus ideas da lugar a que sus alumnos tengan la sensación de que lo han entendido, pero hay que preguntarse si es así o no. Mi pretensión era hacer a Eisenman más asequible, más claro, desde lo que yo he llegado a entender”.
Álvaro Siza
Sólo en el Pritzker portugués ve Moneo “condición ejemplar”. “Una arquitectura capaz de explicarse a sí misma, sin necesidad de apoyarse en construcciones teóricas”. Atención a esta definición. Está hablando un arquitecto que ha buscado desarrollar, demostrar o apoyar, teorías de la modernidad en sus trabajos. Para Moneo, la obra de Siza “huele a arquitectura”. “Es una realidad trascendente”. La palabra trascendente en boca de Moneo es aún más trascendente. A Siza asocia la atemporalidad.
Frank Gehry
Gehry, en cambio, representa para Moneo una arquitectura alejada de la trascendencia. Entiende la arquitectura desde el cómo se hacen las cosas (el dinamismo, la exploración material o la inmediatez). Estos atributos, entiende Moneo, ayudaron a presentarlo como alguien capaz de redimir a la arquitectura norteamericana de tendencias, como el posmodernismo. Pero… opina que la notoriedad alcanzada por Gehry lo llevó a “caminos inciertos”. Habla de un mundo de formas sin límite. Y lo ilustra con el ejemplo del MACBA, que el Ayuntamiento de Barcelona encargó a Richard Meier mientras que en Bilbao, un año después, “la Fundación Guggenheim —más atenta a lo más candente, por su peculiar condición de hacer convivir el mundo del arte con el del dinero— eligió a Gehry”.
Rem Koolhaas
Moneo valora “la mano y la mente que se esconden detrás de los dibujos de Koolhaas”. Considerado casi unánimemente el arquitecto más vanguardista de este primer cuarto de siglo, sostiene que “introduce un toque de populismo para proporcionar una visión fresca de algunas posibilidades muy atractivas de la arquitectura”. Sin embargo, “esa suerte de populismo vernáculo podría considerarse una broma”.
Jaques Herzog & Pierre de Meuron
Carmen Díez Medina escribe que los arquitectos suizos eran poco conocidos en Estados Unidos cuando Moneo los llamó para dar clases en Harvard por consejo de su ayudante, William Wang. Corría el año 89. El siguiente, Wang editó un catálogo sobre su obra y Moneo firmó un prólogo titulado El rigor de Herzog & de Meuron. De boca de Moneo no salen palabras gratuitas.











