“Siempre me gustó mi compañero de pupitre. Nunca perdió la energía y la creatividad, y ha disfrutado como ninguno del hecho de rodar”, escribe Fernando Méndez-Leite
Mediada la década de los sesenta la EOC (Escuela Oficial de Cine), en la que se había formado una de las más brillantes generaciones de cineastas españoles, era un caserón destartalado con el mobiliario desvencijado y los alumnos cabreados. El régimen había empezado a hartarse de que aquel centro de enseñanza se hubiera convertido en un reducto de reflexión y creación en libertad, “un nido de rojos” que les estaba tocando las narices con demasiada frecuencia. Y así se inició un intento de desmantelar la escuela y, a medio plazo, situar a sus más fieles docentes en una futura y desideologizada facultad universitaria.
Juan Julio Baena Álvarez, su director, convirtió la escuela en un gueto y no permitía que nada de lo que allí pasaba —empezando por las provocadoras prácticas de los alumnos— trascendiera fuera de las paredes del nuevo y vacío edificio de la Dehesa de la Villa. Aquella escuela estaba muerta. Entonces Pepe gritó: “¡Hay que deshacer la casa!”. José Luis García Sánchez llevaba muchos años en ese centro porque repetía cursos para seguir rodando películas cada vez más divertidas y radicales que hacían tambalear los cimientos del edificio. Bromeábamos con que aquel chico del cine-club de Salamanca, de familia muy de derechas, ayudante de Patino, siempre risueño y afectuoso, con un humor socarrón y caótico, había trabajado con los hermanos Lumière. Y puesto que aquella escuela había dejado de tener utilidad para nosotros, había que deshacer la casa. Pepe, una vez diplomados Manolo Revuelta, Pedro Costa o Bernardo Fernández, se convirtió en el alumno más representativo e imaginativo del centro, en su líder natural y en el blanco de la ira de Baena que no tardó mucho en expulsarlo. Los compañeros fuimos a la huelga para exigir su readmisión y el director nos expulsó con un artilugio administrativo digno de Christopher Nolan.

En la primavera de 1970 la EOC se quedó sin alumnos de las especialidades de Dirección e Interpretación. Esta historia —espeluznante a mi modesto parecer— tuvo un protagonista, José Luis García Sánchez, y en ella participaron, entre otros, Jaime Chávarri, Gonzalo García-Pelayo, Ramón Gómez-Redondo, Javier Maqua, José María Palá, Enrique Gil-Calvo o Miguel Hermoso.
Siempre me gustó mi compañero de pupitre. Desde aquellos años nunca ha perdido la energía y la creatividad. Ha sido un apasionado de su oficio y creo que ha disfrutado como ninguno del hecho de rodar, de dar instrucciones a sus colaboradores, de dirigir a sus actores, de inventar soluciones baratas o disparatadas cuando así lo convenía la situación. Ha llegado a filmar proyectos objetivamente disparatados. El caso era seguir rodando. Una noche de los noventa en Málaga me preguntó que por qué yo no dirigía más películas mientras él rodaba sin parar. Le contesté alguna obviedad y él puntualizó: “No. La diferencia es que yo hago películas y tú quieres hacer filmes”.

Pepe era sabio en casi todo. Luchó por sus ideas tanto como por su oficio. A él se debe buena parte del sorprendente resultado de Canciones para después de una guerra, de Patino, y las dos películas que mejor reflejan las características de la familia franquista y la familia progre en la Transición (El love feroz y Colorín colorado). Es el autor del primer documento filmado en ese periodo sobre Pasionaria (Dolores) y una de las más lúcidas reflexiones a posteriori sobre los últimos hachazos del franquismo (La noche más larga). Y esperpentos contemporáneos como Las truchas (Oso de Oro en Berlín), Pasodoble, El vuelo de la Paloma (su película que más me gusta), Suspiros de España y Portugal y la estupenda Adiós con el corazón con el mejor Galiardo. Suya es La corte de Faraón, con la mejor Ana Belén y las versiones de un clásico tan extremo como Divinas palabras y de un contemporáneo como Tranvía a la Malvarrosa, de Manuel Vicent… Ha trabajado con todos los actores de este país y ha sido amigo de todos los técnicos.
No sé cómo lo ha hecho, pero ha sido también el nexo de unión de gente tan brillante como Rafael Azcona, Víctor Manuel, Manolo Gutiérrez Aragón, Fernando Trueba, Gonzalo Suárez, José Luis Cuerda, Antonio Resines o Fernando Colomo. En el vértice de Pepe confluían todos esos talentos. José Luis García Sánchez era uno de los máximos conocedores de la historia del cine español y su mayor entusiasta. Todas las películas españolas son buenas, repetía cuando los compañeros nos poníamos estupendos.
Y ha sido mi amigo sin interrupción durante sesenta años. Nos hemos acompañado y nos hemos querido. Unas veces él deshacía la casa, otras yo intentaba ponerla en pie. Rosa, directamente, y Víctor y Marta, por la leyenda, lo saben bien. Adiós con el corazón, Pepe.
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Mediada la década de los sesenta la EOC (Escuela Oficial de Cine), en la que se había formado una de las más brillantes generaciones de cineastas españoles, era un caserón destartalado con el mobiliario desvencijado y los alumnos cabreados. El régimen había empezado a hartarse de que aquel centro de enseñanza se hubiera convertido en un reducto de reflexión y creación en libertad, “un nido de rojos” que les estaba tocando las narices con demasiada frecuencia. Y así se inició un intento de desmantelar la escuela y, a medio plazo, situar a sus más fieles docentes en una futura y desideologizada facultad universitaria.











