Los ataques contra los directores de ‘NAZA’ son el último capítulo de años de falta de fondos y desprecio de las autoridades. Los artistas alertan de que si Netanyahu vence de nuevo no podrán resistir
En septiembre de 2025, la película que más galardones recibió en los premios Ophir, los Goya de Israel, fue The Sea (El mar), la historia de un chico palestino que sortea los controles para intentar llegar a Tel Aviv y ver el Mediterráneo por primera vez. El filme no se adentra en la sordidez y violencia diarias de la ocupación israelí, pero ya provocó en ese momento la ira del ministro de la Cultura, Miki Zohar, quien aseguró que no iba a permitir que un “grupo de matones extremistas de izquierda” tomara el control del sector cinematográfico.
Un año después, Zohar ha pedido que se revoque la nacionalidad de Yuval Abraham y Rachel Szor, directores del filme NAZA, premiado en Venecia y a punto de ser proyectado en el festival de San Sebastián. Por traidores. Y en las calles israelíes y en las redes la rabia contra los dos cineastas va aún más lejos. “Llevamos años duros, pero es la primera vez que soy testigo de ataques de semejante crueldad en las redes sociales e incluso en algunos medios de comunicación. Hay gente que está pidiendo que los cuelguen, que los maten. Es increíble”, afirma a este periódico Uri Rosenwaks, cineasta y exdirector del Foro israelí de directores de documentales. “El problema es que la sociedad israelí vive en una gran burbuja de negación sobre lo que ocurre en Gaza. Y esta película ha pinchado esa burbuja”, agrega.
Los cineastas entrevistados para este reportaje describen un ahogamiento progresivo en los últimos 10 años, amparado por gobiernos cada vez más extremistas y con un radicalismo desacomplejado, que ha aumentado claramente desde el inicio de la ofensiva israelí contra la Franja en 2023, tras los ataques del movimiento islamista palestino Hamás.
Todos ellos conviven con la falta de fondos, proyecciones anuladas, rechazo por parte de festivales, desprecio de las autoridades, insultos y amenazas en redes sociales. “Parece que hemos llegado al punto en el que la cultura crítica se considera un acto de traición y se está convirtiendo en algo peligroso para quienes la crean”, lamenta Shai Carmeli-Pollak, director de The Sea.
Más de 200 cineastas israelíes firmaron la semana pasada un comunicado en solidaridad con Abraham y Szor. NAZA recoge los testimonios de más de 20 militares y agentes de inteligencia que desgranan las herramientas usadas para bombardear con saña Gaza y el sentimiento de venganza que ha impregnado esta ofensiva. La película ataca frontalmente al ejército, una especie de vaca sagrada en Israel, donde se le considera un ejemplo de moralidad.

“Esto es una auténtica psicosis colectiva”, resume Carmeli-Pollak. “Parece que el hecho de que la película recibiera un aplauso tan prolongado molesta al público de aquí más que los hechos inquietantes que expone la historia. Es profundamente desalentador y aterrador”.
La ovación de 25 minutos que NAZA recibió en Venecia puede llevar a pensar que en Israel es posible hacer películas críticas contra el actual Gobierno y que la cultura, en todas sus expresiones, sigue siendo un canal efectivo de denuncia de la ocupación de los territorios palestinos, la masacre en Gaza o los abusos del ejército.
Pero la realidad es que NAZA es una película que no ha recibido un céntimo de las arcas públicas, no ha sido estrenada en el país y parece claro que, por ahora, ninguna sala israelí se arriesgaría a proyectarla. Ni siquiera está claro que sus directores puedan regresar a medio plazo a sus casas. “Antes, solo la gente de la derecha radical se permitía ataques así a una película, que además no han visto. Pero ahora las críticas vienen de todas partes: de académicos, de figuras más moderadas… Está siendo algo brutal”, dice Rosenwaks.
El gran temor de estos artistas es qué pasará si el primer ministro Benjamin Netanyahu sigue en el poder tras las elecciones legislativas de finales de octubre. “Uno puede oponerse a Netanyahu y criticarlo abiertamente, pero meterse con el Ejército o hablar de los derechos de los palestinos se ha convertido en algo muy arriesgado. No solo para nuestra carrera profesional, sino para nuestra integridad física”, opina Noam Sheizaf, director junto a Idit Avrahami de H2: The Occupation Lab, una película sobre la ciudad palestina de Hebrón, presentada como microcosmos de la ocupación.
Paralelamente, los artistas israelíes, no solo cineastas, también escritores, bailarines, intelectuales o historiadores, son recibidos con recelo fuera de su país o sufren directamente un boicot. “Los israelíes nos hemos convertido en personas tóxicas. Nuestra presencia en un congreso, un festival de cine o una feria del libro puede generar problemas”, detalla Rosenwaks. “Y si Netanyahu es reelegido no vamos a poder resistir. Habrá una emigración en masa, porque los últimos años ya han sido un reto”, agrega.
Autocensura
En Israel, los directores de cine no reciben directamente fondos del Ministerio de Cultura. Cada año, el Gobierno proporciona unos 130 millones de shéqueles (algo más de 37 millones de euros) a fondos cinematográficos, entidades independientes sin ánimo de lucro, que deciden qué películas financiar según determinados criterios. “No existen directrices sobre el contenido político o ideológico de las películas que respaldan, pero los repetidos ataques de las autoridades a los filmes críticos han creado sin duda un efecto disuasorio“, admite Nirit Anderman, periodista del diario Haaretz especializada en cine. Es decir, las organizaciones que reciben el dinero público han entendido que financiar una película crítica con las políticas del Gobierno frente a los palestinos no será bien visto y podría excluirles de la lista de entes culturales que reciben esos fondos.
Por eso la autocensura es una realidad entre los artistas, aunque pocos lo reconocen abiertamente. “Obviamente, si un cineasta duda entre hacer una película sobre un drama familiar o una mordaz sátira política, elegirá la primera porque sabe que sus posibilidades de conseguir financiación serán mayores”, zanja Anderman.
Tras el éxito de The Sea en los premios Ophir en 2025, el ministro de Cultura amenazó con dejar de financiar estos galardones, aunque no ha logrado llevarlo a cabo. También anunció la creación de otros galardones respaldados por el Gobierno, que se celebraron en diciembre y repartieron sustanciosos premios, y previó nuevas reglas para la financiación pública del cine israelí que se siguen puliendo. Por ejemplo, que los premios obtenidos en festivales extranjeros no puntúen para lograr fondos o que se cree una línea de financiación específica para películas que versen sobre el heroísmo de los soldados israelíes.
El ministro, Miki Zohar, tiene desde hace tiempo en el punto de mira a los cineastas críticos y afirmó, por ejemplo, que el documental ganador de un Óscar No Other Land, codirigida justamente por Abraham y Szor, era “un acto de sabotaje” contra el Estado de Israel. El pasado 9 de septiembre, en la última edición de los Ophir, la gran ganadora fue Tell me everything, un drama familiar ambientado en los ochenta, que tiene como telón de fondo la homofobia y el sida, seguida de Where To, que habla de las relaciones entre israelíes y palestinos, pero está ambientada en Berlín, lejos de la cruda realidad diaria de los territorios ocupados.
“En mi caso, tras los ataques del ministro hubo gente que criticó la película, pero también personas que sintieron curiosidad y fueron a verla. Además, hubo proyecciones anuladas debido a la oposición de residentes locales”, cuenta Carmeli-Pollak, director de The Sea, que logró financiación con dificultad, gracias al apoyo del Fondo del cine israelí (Israeli Film Fund), una organización independiente sin ánimo de lucro, y a una productora palestina.
En 2022 Sheizaf y Avrahami, directores de la película sobre Hebrón, también vieron cómo varias proyecciones se cancelaban y el filme pasaba casi desapercibido en Israel. “Como documentalista israelí hago películas para la gente de mi país, para que vean y sepan. Soy periodista y creo en este trabajo”, agrega, explicando que al tratarse de una coproducción con France Televisions sí hubo proyecciones fuera. “Nos alegró mucho porque creemos que el mundo tiene que jugar un papel en el fin de la ocupación”.
En la misma línea, Avi Mograbi, director de The First 54 Years. An Abbreviated Manual for Military Occupation (Los primeros 54 años. Un manual abreviado de la ocupación militar) explica que “todo el mundo” rechazó su película en Israel en 2022, meses antes de los ataques de Hamás. “Las televisiones que solían proyectar mis películas, los festivales, las instituciones culturales donde anteriormente fui muy bien recibido… Todos”, explica. “A veces es más doloroso ser ignorado que ser criticado”, concluye.
Feed MRSS-S Noticias
En septiembre de 2025, la película que más galardones recibió en los premios Ophir, los Goya de Israel, fue The Sea (El mar), la historia de un chico palestino que sortea los controles para intentar llegar a Tel Aviv y ver el Mediterráneo por primera vez. El filme no se adentra en la sordidez y violencia diarias de la ocupación israelí, pero ya provocó en ese momento la ira del ministro de la Cultura, Miki Zohar, quien aseguró que no iba a permitir que un “grupo de matones extremistas de izquierda” tomara el control del sector cinematográfico.











