Literatura o barbarie

Una mujer asida a cualquier materia extraña, acosada en un infierno confinado que amenaza la mayor agresión. Desesperada por enviar dinero a su familia al otro lado del océano, la mujer se arriesga a escribir la biografía de un desconocido y visita al hombre en su casa. Todo anuncia el desastre, pero ella es migrante y en ese cualquier país del centro de un mundo segregado no tiene opción. La catástrofe le sobreviene en uno de los más espeluznantes relatos del llamado “neogótico” latinoamericano. El cuento forma parte de Sacrificios humanos (2021) de la autora ecuatoriana María Fernanda Ampuero, volumen que nos instruye sobre el abismo del sentido que ha prodigado la violencia sobre niñas y mujeres. La escritura de Ampuero es parte de un movimiento latinoamericano de las letras femeninas que tiene ya decenas de exponentes y que no cesa de desafiarnos sobre la comprensión de una situación civilizatoria liminal, en la que se denuncia la extinción de valores como la empatía y la piedad. Son estas escrituras posapocalípticas, pues trabajan con los restos de este sentido de lo humano estallado, intentando recomponerlo con sus astillas y produciendo diversas imágenes de reequilibro, en este caos ontológico donde las categorías fundamentales de la existencia humana (culpa, inocencia, dignidad) parecen perder significado. La literatura no puede eludir la barbarie, dicen las ficciones que las escritoras han construido como las antiguas yerbateras, recolectando los restos y apretando los amuletos de antiguas formas literarias, extranjeras y desconocidas, indígenas, africanas, europeas, en una apropiación original que constituye uno de los más ricos movimientos literarios contemporáneos.

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 Como bien común de la consciencia libre del ser humano, la literatura debe ser defendida de la barbarie  

Una mujer asida a cualquier materia extraña, acosada en un infierno confinado que amenaza la mayor agresión. Desesperada por enviar dinero a su familia al otro lado del océano, la mujer se arriesga a escribir la biografía de un desconocido y visita al hombre en su casa. Todo anuncia el desastre, pero ella es migrante y en ese cualquier país del centro de un mundo segregado no tiene opción. La catástrofe le sobreviene en uno de los más espeluznantes relatos del llamado “neogótico” latinoamericano. El cuento forma parte de Sacrificios humanos (2021) de la autora ecuatoriana María Fernanda Ampuero, volumen que nos instruye sobre el abismo del sentido que ha prodigado la violencia sobre niñas y mujeres. La escritura de Ampuero es parte de un movimiento latinoamericano de las letras femeninas que tiene ya decenas de exponentes y que no cesa de desafiarnos sobre la comprensión de una situación civilizatoria liminal, en la que se denuncia la extinción de valores como la empatía y la piedad. Son estas escrituras posapocalípticas, pues trabajan con los restos de este sentido de lo humano estallado, intentando recomponerlo con sus astillas y produciendo diversas imágenes de reequilibro, en este caos ontológico donde las categorías fundamentales de la existencia humana (culpa, inocencia, dignidad) parecen perder significado. La literatura no puede eludir la barbarie, dicen las ficciones que las escritoras han construido como las antiguas yerbateras, recolectando los restos y apretando los amuletos de antiguas formas literarias, extranjeras y desconocidas, indígenas, africanas, europeas, en una apropiación original que constituye uno de los más ricos movimientos literarios contemporáneos.

Si la literatura va a cumplir su tarea, no eludirá la barbarie. Solo se puede expresar el mundo haciéndose cargo de sus perturbaciones, despertándolas, interceptándolas en su devenir opaco, agarrándolas de los pelos en pleno despegue, siguiéndolas en su decaer, deshaciéndolas con los pobres, pero preciosos materiales de las palabras: “Vamos a meternos de cabeza en todas las trabas humanas, de modo tal que las cosas empiecen a moverse dentro de uno mismo, una visión alucinante del hombre”, advertían los Infrarrealistas, proponiéndose escribir eso que en el presente reclama palabras para movilizarse en una “verdadera imaginación” que, dijo Roberto Bolaño, “dinamita, elucida, inyecta microbios esmeraldas en otras imaginaciones”. A la literatura, por la barbarie: no hay atajo para la escritura que se quiere contemporánea.

Se trata de producir, en la imagen que nos propone la escritora canadiense Anne Carson, laautoconsciencia aumentada de nuestro propio lugar en la catástrofe. Así lo hicieron, dice esta autora, Bacon en la pintura, Hölderlin como traductor y Juana de Arco como “soldada de Dios”, al desenvolver ese extraordinario grado de conciencia de sí. Esa consciencia es la que se expresa elocuentemente en Juana cuando sus perseguidores le inquieren: “¿A qué huelen tus voces?”, y ella les devuelve: “Preguntadme el próximo sábado”, y luego, su definitivo: “¡Encended vuestros fuegos!”. La literatura sería entonces ese movimiento ejemplar, esa vocación de dirigirse directo a la impostura de los que levantan las armas de la masacre y los que arman sus trampas. Se trata de “destruir la claridad con claridad”, como afirmaba Bacon, y también de comprometerse a prestar los ojos a aquellos que todavía no pueden ver, en la imagen de la poeta Carson.

La literatura contra la barbarie, sí. Y también contra la barbarie que constituyó a la propia literatura como un campo excluyente. En un fundamental ensayo titulado “El derecho a la literatura”, el pensador brasileño Antonio Candido sancionaba: “Para que la literatura llamada erudita deje de ser privilegio de pequeños grupos, es preciso que la organización de la sociedad sea hecha de manera tal que garantice una distribución equitativa de los bienes”. Consternado por la situación del Brasil de 1988, cuando el país salía de la dictadura con una hiperinflación crónica que llegó al 858%, un desempleo masivo de alrededor de 13 millones de personas y una brutal política salarial, para Candido, la literatura como privilegio significaba un daño directo a los derechos humanos, al excluir a millones del acceso al goce de este bien humanizador. ¿Cuál era esa potencia y ese disfrute que perdían esos millones cuando perdían la literatura? En primer lugar, el aprendizaje y bienestar cognitivo que otorga la palabra cuando es sutilmente organizada para dar estructura al mundo. Dice el mismo Candido: “cuando elaboran una estructura, el poeta o el narrador nos proponen un modelo de coherencia (…) Si fuese posible abstraer el sentido y pensar en las palabras como ladrillos de una construcción, diría que esos ladrillos representan un modo de organizar la materia, y que en cuanto organización ellos ejercen un papel ordenador sobre nuestra mente y sentimientos”. Ordenar el caos del mundo. Pero también participar de la potencia abierta de la realidad al iluminar lo cotidiano como misterio o al disponer del espacio intersticial de la lectura donde podemos escuchar el pulso lejano de otros mundos.Y, por cierto, permitir el reconocimiento en complicidad con otros seres en la solidaridad universal ante las grandes cuestiones de la vida: el amor, la locura, la muerte, la pérdida, el deseo.

Como bien común de la consciencia libre del ser humano, la literatura debe ser defendida de la barbarie. Con uñas y con dientes, con políticas, y con más literatura, más escritores y más lectores. Pero su defensa no puede significar inmunizarla en alguna torre de marfil, sino disponerla a batirse en la arena pública del debate sobre y contra la barbarie.

¿Tiene la literatura alguna chance -aún- contra la barbarie?

El gran escritor argentino Antonio di Benedetto señalaba que la escritura le había ayudado a desenrollar el meollo que traía consigo porque le permitía dar vida a su “falla”, a su flaqueza, a ese no-dicho que no podía ser expresado sino a través de la construcción figurativa. Pero ¿qué ocurre cuando perdemos las palabras para nombrar esa falla, cuando el lenguaje mismo se vuelve equívoco, de materia dudosa, no fiable, turbio? Los grandes modelos de lenguaje en el campo de la IA generativa representan un salto tecnológico sin precedentes que podría ser la realización de un “intelecto general” que democratice el conocimiento, sin embargo, el modo de organización de esos algoritmos entrenados con la totalidad de la producción escrita de la humanidad no solo convierte a este potencial “cerebro social de la humanidad” en un generador de mercancía, sino que, aliado a la expansión de la comunicación de plataformas, nos enfrenta a un sistema que pareciera dirigirse al gobierno de la cognición misma, al control de nuestras formas de conocer el mundo que, además, nos sustrae permanentemente de ese mundo, restándonos de su materialidad. Pues, ¿qué hacer?

A esa lengua sin lengua, sin aparato fonador y sin aliento que provee la fantasía de un lenguaje sin residuos, opongámosle aquello que tenemos: la poesía, el verso cantado, declamado; las lenguas en uso; las nuevas ficciones, más ensayos, más discusión filosófica; volvamos a leer juntos a las y los clásicos, a ver y analizar cine, a levantar clubes, talleres de escritura y de lectura, de fotografía, pintura, abramos radios, periódicos, hagamos radioteatro, danza; más experimentación cooperativa.

Inspiremos en la escritura el retorno de los cuerpos: de la mano, porque hay un goce innegable en la cursividad, en deslizar el lápiz sobre el papel y en leerse luego ―como otro/otra simulando un afuera de la escritura―, en la alegría de saberse libre, insondable. Barthes mostró cómo las relaciones entre cuerpo y escritura han constituido una ética donde la mano que escribe es la mano que acaricia, y donde escritura que corre -sobre el papel- se hace parte de un compromiso con el mundo que involucra al sujeto humano corporal, cognitiva y afectivamente.

Volvámonos entonces a lo que sabemos hacer: porque a la literatura también volvemos por el eros, el goce, la amistad y el juego. Hagamos lo que sabemos hacer, pero hagámoslo con convicción: no para controlar el uso de plataformas, sino para entrar de veras en la batalla cultural, materialmente, con los cuerpos que tenemos y los lápices, los libros, las bibliotecas que conservamos, con las herramientas culturales y las instituciones que sostenemos.

No estamos muertos; somos apenas cuerpos de retorno de un tiempo de perplejidad en otro tiempo que va emergiendo, pero somos hijos e hijas de otros que resistieron diversos tiempos… no duden de nuestra capacidad de no entregar la lengua, como Juana, y de compartirla con quien corresponda.

Como bien común de la consciencia libre del ser humano, vamos a defender la literatura de la barbarie, pues, como dijo Antonio Candido: el derecho a la literatura es el derecho humano a disfrutar de este mundo.

Y a los inquisidores: ¡Encended vuestros fuegos!

 

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