Paso días de felicidad sumergido en los Diarios de Sergio Pitol (México, 1933-2018), recordando aquel día de 2003 o 2004, cuando lo descubrí gracias a una charla que mantuvo en Barcelona con Enrique Vila-Matas. Los habían convocado para hablar acerca del concepto de frontera y ellos se dedicaron a celebrar su amistad en una demostración de que la vida y la literatura pueden volverse indistinguibles porque las dos consisten, precisamente, en atravesar las fronteras mientras te ríes de tu propio estupor. Yo era muy joven y quedé boquiabierto. Vila-Matas recordó que Pitol había cerrado su discurso de aceptación del premio Juan Rulfo con estas palabras: “Muchas gracias a todos por su ausencia”. Me pareció sensacional, tanto que desde entonces siempre he querido encontrar la ocasión de soltárselo a alguien. Aquella tarde y las siguientes, leyendo El arte de la fuga (1996), entendí que los grandes maestros de la literatura (en el caso de Pitol, Chéjov, Gombrowicz, Dostoievski, Rabelais, Faulkner, Borges…) existen para leerlos no con susto ni solemnidad, sino con espíritu festivo, y que el humor es un privilegio de quien sabe rescatar la infancia mediante la imaginación.
Paso días de felicidad sumergido en los Diarios de Sergio Pitol (México, 1933-2018), recordando aquel día de 2003 o 2004, cuando lo descubrí gracias a una charla que mantuvo en Barcelona con Enrique Vila-Matas. Los habían convocado para hablar acerca del concepto de frontera y ellos se dedicaron a celebrar su amistad en una demostración de que la vida y la literatura pueden volverse indistinguibles porque las dos consisten, precisamente, en atravesar las fronteras mientras te ríes de tu propio estupor. Yo era muy joven y quedé boquiabierto. Vila-Matas recordó que Pitol había cerrado su discurso de aceptación del premio Juan Rulfo con estas palabras: “Muchas gracias a todos por su ausencia”. Me pareció sensacional, tanto que desde entonces siempre he querido encontrar la ocasión de soltárselo a alguien. Aquella tarde y las siguientes, leyendo El arte de la fuga (1996), entendí que los grandes maestros de la literatura (en el caso de Pitol, Chéjov, Gombrowicz, Dostoievski, Rabelais, Faulkner, Borges…) existen para leerlos no con susto ni solemnidad, sino con espíritu festivo, y que el humor es un privilegio de quien sabe rescatar la infancia mediante la imaginación. Seguir leyendo
Paso días de felicidad sumergido en los Diarios de Sergio Pitol (México, 1933-2018), recordando aquel día de 2003 o 2004, cuando lo descubrí gracias a una charla que mantuvo en Barcelona con Enrique Vila-Matas. Los habían convocado para hablar acerca del concepto de frontera y ellos se dedicaron a celebrar su amistad en una demostración de que la vida y la literatura pueden volverse indistinguibles porque las dos consisten, precisamente, en atravesar las fronteras mientras te ríes de tu propio estupor. Yo era muy joven y quedé boquiabierto. Vila-Matas recordó que Pitol había cerrado su discurso de aceptación del premio Juan Rulfo con estas palabras: “Muchas gracias a todos por su ausencia”. Me pareció sensacional, tanto que desde entonces siempre he querido encontrar la ocasión de soltárselo a alguien. Aquella tarde y las siguientes, leyendo El arte de la fuga (1996), entendí que los grandes maestros de la literatura (en el caso de Pitol, Chéjov, Gombrowicz, Dostoievski, Rabelais, Faulkner, Borges…) existen para leerlos no con susto ni solemnidad, sino con espíritu festivo, y que el humor es un privilegio de quien sabe rescatar la infancia mediante la imaginación.











