Sesenta y Cuatro

Llego a la edad que en una canción de The Beatles parecía una broma inalcanzable. McCartney tenía cuajada la música desde que tenía 16 años en 1956, pero los guiños de la letra ya casados con melodía se convirtieron en canción en 1967, lanzada en el álbum Sgt. Pepper’s Lonely HeartsClub Band. Paul -quizá como homenaje a su padre- soñó “When I’m Sixty Four” como cantinela de vodevil y al margen del rock y su roll: una canción de Dance Hall que cantamos rodeando al piano donde la vejez es una serena utopía de paseos en domingo, tejidos de estambre al filo de una chimenea y esa duda como anhelo de que me sigas saludando, tolerante y a mí lado. Pido a mis hijos que se me unan en el trío de clarinetes con el que menciono las postales que ya nadie envía y en la casi imposible escapada a la Isla de White (donde nació Joy Laville) para pasar en silencio todos los días de un verano sin calor leyendo a Ibargüengoitia.

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 Llego a la edad que para la mayoría de los normales coloca al filo de la jubilación, la misma de la que hablaba McCartney  

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Llego a la edad que para la mayoría de los normales coloca al filo de la jubilación, la misma de la que hablaba McCartney

Jorge F. Hernández
Jorge F. Hernández

Llego a la edad que en una canción de The Beatles parecía una broma inalcanzable. McCartney tenía cuajada la música desde que tenía 16 años en 1956, pero los guiños de la letra ya casados con melodía se convirtieron en canción en 1967, lanzada en el álbum Sgt. Pepper’s Lonely HeartsClub Band. Paul -quizá como homenaje a su padre- soñó “When I’m Sixty Four” como cantinela de vodevil y al margen del rock y su roll: una canción de Dance Hall que cantamos rodeando al piano donde la vejez es una serena utopía de paseos en domingo, tejidos de estambre al filo de una chimenea y esa duda como anhelo de que me sigas saludando, tolerante y a mí lado. Pido a mis hijos que se me unan en el trío de clarinetes con el que menciono las postales que ya nadie envía y en la casi imposible escapada a la Isla de White (donde nació Joy Laville) para pasar en silencio todos los días de un verano sin calor leyendo a Ibargüengoitia.

Llego a la edad que tenía mi padre cuando nació mi primer hijo, la misma edad que tenía mi abuelo cuando nos fuimos a vivir a Washington, D.C. y la ronda provoca un remanso. Crecí hasta los 14 años de edad en una ciudad blanca poblada por una mayoría de ciudadanos negros que luchaban heroicamente por sus derechos civiles. Hoy ha vuelto el racismo y la xenofobia en los vuelos de una peluca amarilla que exagera su autoritario mal gusto forrando con oro los monumentos, estatuas y retretes a su alcance. Mi infancia deseó que jamás volvieran los soldaditos verdes -clones de los desplazados en Vietnam- a los alrededores del Capitolio y el Obelisco y ahora han vuelto las tropas del ejército a patrullar ese distrito entrañable. Mi generación aún siendo infancia celebramos la oprobiosa caída de Nixon convencidos de que jamás volvería la imbecilidad y corrupción a la Casa Blanca y la pegajosa melodía de la ronda del tiempo muestra a un ignaro imperdonable bailando a ritmo de Village People, rodeado de sicofantes embelesados con el Mal.

Llego a la edad que para la mayoría de los normales coloca al filo de la jubilación, en mi caso imposible, pues llevo más de dos años desempleado, transterrado de vuelta a una ciudad que ha cambiado oficialmente de siglas desde que me fui a Madrid hace una década. La vuelta fue para despedir a mi madre que habiéndose perdido en un bosque de amnesia hace más de medio siglo enmarcó mi infancia gringa en la lenta recuperación de su memoria. Aunque perdió para siempre los otros idiomas que hablaba, las partituras pautadas de la música que tocaba al piano y ciertos humores irrecuperables, mi madre resucitó su memoria en español y sus afectos diversos gracias al cuidado incondicional de su hermana Lola y al cotidiano ejercicio que intentábamos mi hermanita y yo todos los días: poner a girar discos en acetato para que boleros y rancheras, flamenco y folclore le mostraran un sendero con migajas de recuerdos para poder recuperar su memoria. También jugábamos a la Memoria con viejos álbumes de fotografías y películas caseras de su pasado que en 16 milímetros ponían en movimiento y cuadro por cuadro las caras de sus muertos.

Por un absurdo accidente automovilístico que intentó quebrarle la vida a mi hermana he vuelto a México para celebrar que despertó de un largo coma de meses en silencio para volver a ser la niña intacta del bosque de nuestra infancia, al tiempo que sonríe feliz ante el bullicio de sus nietos y la constancia de sus amorosos hijos incondicionales. Mi madre se fue de este mundo mientras mi hermanita seguía en coma, quizá para ayudar de lejos al milagro de su recuperación y quizá porque ya era hora de reunirse con mi padre y todos sus fantasmas en esa eternidad que irónicamente también es bosque, cada árbol un recuerdo palpable, cada arbusto y flor las palabras en todos los idiomas que van narrando ya para siempre una vida y las demás.

En realidad he vuelto a la edad en la que toda la música del mundo (ahora en las yemas de Spotify) y todos los álbumes de fotografías y películas en súper8 recrean ejercicios de memoria de mi infancia pero ahora con el empeño de que mi hermana recuerde todo y así, ambos reconstruir el pretérito en un bosque espeso donde soñábamos el remoto mañana que es hoy, deseando que las canas olean al tiempo en que pierdo la cabeza y me hacen desearme útil cambiando los plomos de la luz, dando un paseo dominical, absteniéndome de una botella de vino, recibiendo postales del más allá, cribando la hierba mala del pesebre de geranios (contribución a la letra de John Lennon que le propuso a Paul como guiño a la mariguana), clarineteando con mis hijos la infinita gratitud por los verdaderos amigos filiales, la epifanía de todos y cada uno de los lectores y el firme propósito de seguir dibujando personajes (que ahora se mueven), escribiendo todos los párrafos posibles que mantienen en vilo mi propio Bosque.

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