‘Mis muertos tristes’: lo peor está en este barrio

Cuando éramos niños —él mucho más que yo—, un primo mío quiso demostrarle a mi abuela lo mucho que la quería con una promesa tan macabra como de algún modo enternecedora viniendo de un nene: “Cuando te mueras no voy a dejar que te entierren, te voy a colgar en mi cuarto para tenerte siempre cerca”. Un crío puede vivir ajeno a descomposiciones, gusanos, pestilencia y enfermedades, incluso al resultado irreversible de la muerte, pero no al apego de los que le cuidan y le quieren. Pensaba en ello mientras veía Mis muertos tristes (Netflix), la primera gran adaptación televisiva llevada a término de Mariana Enriquez desde que se ha convertido en referencia internacional del terror. Mis muertos tristes es el resultado de mezclar tres relatos de su antología Un lugar soleado para gente sombría y vertebrarlos a través de la historia de tres generaciones femeninas de una familia, en la que el personaje central, Ema (Mercedes Morán), atiende las reclamaciones de fantasmas, entre ellos su propia madre recién fallecida.

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 El principal acierto de la serie, además de su extraordinario reparto, es que ha entendido que en la obra de Mariana Enriquez el horror cotidiano como mínimo empata con el sobrenatural, cuando no lo supera  

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El principal acierto de la serie, además de su extraordinario reparto, es que ha entendido que en la obra de Mariana Enriquez el horror cotidiano como mínimo empata con el sobrenatural, cuando no lo supera

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Dolores Fonzi y Mercedes Morán, en ‘Mis muertos tristes’.
Paloma Rando

Cuando éramos niños —él mucho más que yo—, un primo mío quiso demostrarle a mi abuela lo mucho que la quería con una promesa tan macabra como de algún modo enternecedora viniendo de un nene: “Cuando te mueras no voy a dejar que te entierren, te voy a colgar en mi cuarto para tenerte siempre cerca”. Un crío puede vivir ajeno a descomposiciones, gusanos, pestilencia y enfermedades, incluso al resultado irreversible de la muerte, pero no al apego de los que le cuidan y le quieren. Pensaba en ello mientras veía Mis muertos tristes (Netflix), la primera gran adaptación llevada a término de Mariana Enriquez desde que se ha convertido en referencia internacional del terror. Mis muertos tristes es el resultado de mezclar tres relatos de su antología Un lugar soleado para gente sombría y vertebrarlos a través de la historia de tres generaciones femeninas de una familia, en la que el personaje central, Ema (Mercedes Morán), atiende las reclamaciones de fantasmas, entre ellos su propia madre recién fallecida.

Es devoción lo que hay por Mariana Enriquez en esta casa, así que a pesar de que también hay mucho aprecio por la filmografía de Pablo Larraín, me senté a verla con la ceja arqueada: ¿cómo se iban a poder trasladar los personalísimos y evocadores universos de la escritora a la pantalla? ¿De qué manera pueden encarnarse sus personajes sin romper la intimidad que los lectores generamos con sus palabras? ¿Habría lugar para esa incomodidad que perdura aun cuando has terminado el libro? Unir con una línea de imágenes en movimiento los puntos suspensivos que genera la literatura, empresa siempre arriesgada, en este caso me parecía imposible.

El principal acierto de Mis muertos tristes, además de su extraordinario reparto, es que ha entendido que en la obra de Mariana Enriquez el horror cotidiano como mínimo empata con el sobrenatural, cuando no lo supera. Fantasmas, vampiros y monstruos conviven con mezquindades individuales, una desigualdad que, por estructural, parece indestructible, rencillas familiares y otras vicisitudes mucho peores que ver espectros. Larraín, desde El club, ya demostró saber que lo peor está en este barrio. “Los relatos de Mis muertos tristes plantean a los fantasmas como la memoria, aquello que vuelve todo el tiempo y que en muchos casos no se puede calmar porque tienen que ver con la injusticia”, ha explicado Enríquez. “Más allá de una trama general, es una pregunta abierta, sin respuesta: ¿Qué hacemos con esos fantasmas?”. Lástima que no podamos colgarlos en un cuarto.

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