Cuando habla Miriam Garlo (Molina de Segura, 42 años) confiesa dolores nacidos de la fragilidad, de no sentirse incluida en algunos mundos que no sabían cómo encasillarla —“Con lo terrible que es además el encasillamiento”—; cuando explica su búsqueda de su propio lugar, mejor aún, que muchos aceptaran su complejidad, el interlocutor no puede dejar de fijarse en lo contrario: su contundente forma de signar, su discurso sin fisuras, construido probablemente tras años en los que no se hizo caso. “He vivido mucho tiempo, y mal, en dos mundos falsamente antagónicos”. Porque la artista y actriz, ganadora del Goya a la mejor actriz revelación con Sorda, habla perfectamente, lee los labios y va acompañada de un intérprete porque la lengua de signos es “su agua en mitad del desierto”.
La ganadora del Goya por ‘Sorda’ publica ‘Volar con un ala rota’, una biografía ficcionada. “Me gusta que se entienda que todo personaje y novela es poliédrico, que hay un montón de grises en la vida”, apunta Miriam Garlo, actriz y escritora: “Aún consideramos que una discapacidad te hace estar por debajo en todo” | Cine: estrenos y críticas | EL PAÍSIr al contenido
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La ganadora del Goya por ‘Sorda’ publica ‘Volar con un ala rota’, una biografía ficcionada. “Me gusta que se entienda que todo personaje y novela es poliédrico, que hay un montón de grises en la vida”, apunta


Cuando habla Miriam Garlo (Molina de Segura, 42 años) confiesa dolores nacidos de la fragilidad, de no sentirse incluida en algunos mundos que no sabían cómo encasillarla —“Con lo terrible que es además el encasillamiento”—; cuando explica su búsqueda de su propio lugar, mejor aún, que muchos aceptaran su complejidad, el interlocutor no puede dejar de fijarse en lo contrario: su contundente forma de signar, su discurso sin fisuras, construido probablemente tras años en los que no se hizo caso. “He vivido mucho tiempo, y mal, en dos mundos falsamente antagónicos”. Porque la artista y actriz, ganadora del Goya a la mejor actriz revelación con Sorda, habla perfectamente, lee los labios y va acompañada de un intérprete porque la lengua de signos es “su agua en mitad del desierto”.
Garlo se quedó sorda a los siete años (una otitis medicada con aspirina lastimó sus oídos), pero hasta los 30 no aprendió a signar ni descubrió su identidad como sorda. Que es exactamente lo que le pasa a Sakia, la protagonista de su novela Volar con un ala rota (Roca Editorial), un libro que navega en el mar de la autobiografía con elementos de ficción. “Así no me sentía atada a mí misma, y podía hablar de muchas cosas y personas con libertad”, apunta, aunque algunos de los momentos más violentos que narra efectivamente los sufrió en sus carnes. Es, además, una novela cortante con una protagonista correosa. Sakia no cae bien a la primera, con estallidos de cólera algunos justificados y otros no. “Me gusta que se entienda que todo personaje y novela es poliédrico, que hay un montón de grises en la vida”, especifica.
Sakia y Garlo comparten infancia en Murcia, años en Madrid de estudios, incluida su tesis doctoral, y trabajos leyendo los labios, de mucho desgaste físico y emocional (“Noté que había alguien dentro de mí llorando continuamente”) y un retorno a su región, a reencontrarse, aprender la lengua de signos y completar su identidad. “De los siete a los 30 atravesé un infierno. Fue una época en la que todavía la presión social, la vergüenza ajena y la falta de entendimiento que me rodeaba hacían que yo no pudiera escucharme a mí misma”. Se esforzó y se agotó en “una carrera por demostrar que no era tonta, que podía conseguir lo mismo que todos”.
Tráiler de ‘Sorda’
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Tráiler de ‘Sorda’
Sakia es sorda, pero además es mujer, heterosexual y artista. Volar con un ala rota no nace de una literatura de la discapacidad, sino más bien femenina: que no oiga es un elemento importante, aunque no el principal. “Me alegra que esto quede claro. Sakia batalla en terrenos donde batallamos todas las mujeres, como en ciertos mundos machistas y desiguales. O en cómo encarar el día a día de la vida de pareja. Hay paternalismos en todos lados, más aún para alguien con una discapacidad. En mi caso, hay un esfuerzo añadido, obviamente”, desgrana. “Sin embargo, la novela nace de la multitud de mensajes que he recibido a lo largo del camino de Sorda de mujeres que estaban perdiendo la audición, muchas separadas o divorciadas, muchas de poder adquisitivo bajo, que se dolían de cómo sus contextos, sus realidades no comprendían sus nuevas necesidades. Superadas por la situación, me pedían consejo”.
Garlo no alberga recuerdos de sonidos limpios de sus años de audición, “aunque queda una huella en el entendimiento de las situaciones”. Y subraya: “Eso aumentó mi trauma, porque aún consideramos que una discapacidad te hace estar por debajo en todo”. En un momento dado, en el libro escribe: “Hay un discurso ideológico que coacciona a las personas sordas hasta convencerlas de que lo mejor para ellas es desarrollar una lengua oral, controlar su voz […]. Lo verdaderamente importante es que no te desvíes entre gente extraña. El éxito rotundo es que logres hacerte pasar por una persona que oye”.

Sakia lucha en las páginas durante mucho tiempo sin entender bien qué le pasa contra muchos impedimentos. “Es una mujer a la que le cuesta construirse desde la autonomía, desde su empoderamiento, porque no sabe qué ocurre. Y al confrontarse contra el mundo, descubre que es distinta, que le cuesta el triple llegar a las mismas metas que el resto de las personas con las que se relaciona. ¿Por qué? Porque ni tiene las mismas oportunidades ni las mismas capacidades”, suspira.
Garlo recuerda que cuando empezó a signar, la vida le cambió: “Por de pronto, descubrí una nueva comunidad; además, sentí que mi mundo, que hasta ese momento había sido en blanco y negro, se convertía en color. Dentro de mí salió un calorcito, producto de que mi cerebro, cuando signa, se posiciona en un lugar de mucha felicidad, de alivio y comodidad. Es que cambió mi manera de comunicarme conmigo misma, se sumó una ternura y una compasión”.

En Volar con un ala rota, Garlo también explica términos como fonocentrismo, que considera que la voz y el sonido poseen mayor legitimidad que la escritura o cualquier sistema de comunicación visual; o el audismo, que prioriza el hablar sobre el signar. “Hay una mirada sobre la sordera muy biomédica, algo estancada, instalada en la sociedad. Lo ideal sería no continuar únicamente mirando a la sordera desde la pena o la enfermedad, sino desde el respeto”.
Para la autora, el reto era doble: “El mayor desafío ha sido producir un material literario que incorporara información sobre sordera desde un punto de vista emocional, personal y, sí, crítico, para lograr dos objetivos. Por un lado, responder a esas mujeres sordas, hipoacúsicas o a quienes están perdiendo audición por cualquier causa. Y a la vez estimular a personas oyentes con interés y curiosidad para que comprendan otra experiencia diferente a la propia”.
Sorda es una ficción escrita por su hermana, Eva Libertad, en la que Garlo da vida a un personaje imaginario, Ángela, “construido desde el cariño y la comprensión, ¡pero no es un documental!”; para la novela hizo un ejercicio de inmersión. En su familia siempre hubo espacio y aliento para el arte: ella misma empezó en la interpretación con 10 años; casi todos escriben. Y así salió Volar con un ala rota: “No me gusta colocarme en el lugar de la víctima porque no lo soy. A mí me ha tocado esto, pero todos los seres humanos tenemos estas singularidades y a otra persona le ocurre por raza, a otra por sexo, edad, físico… Me interesa la responsabilidad a través de la creación artística”.
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