Nerea Pérez de las Heras: “La imagen de la discapacidad te enfrenta a muchas cosas y es conveniente mirarla”

Era el verano de 2023, uno de esos días apacibles que raramente terminan registrados en la memoria a largo plazo, menos aún en las páginas impresas de un libro. Apretaba el calor en Madrid, lo habitual dadas las fechas, y Nerea Pérez de las Heras había quedado con su madre para pasar la tarde en un centro comercial. Entre los percheros donde colgaba la ropa rebajada puso el ojo en un vestido largo, de gasa negra con algunos detalles vistosos, y en un bañador de amplias franjas de colores. Se acercaban las vacaciones en la playa y, cuando llegó la hora, la periodista dobló aquella prenda de baño recién comprada y la guardó en la maleta. No imaginaba que, como dejaría escrito después, Menorca la esperaba “con las fauces abiertas”.

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 Era el verano de 2023, uno de esos días apacibles que raramente terminan registrados en la memoria a largo plazo, menos aún en las páginas impresas de un libro. Apretaba el calor en Madrid, lo habitual dadas las fechas, y Nerea Pérez de las Heras había quedado con su madre para pasar la tarde en un centro comercial. Entre los percheros donde colgaba la ropa rebajada puso el ojo en un vestido largo, de gasa negra con algunos detalles vistosos, y en un bañador de amplias franjas de colores. Se acercaban las vacaciones en la playa y, cuando llegó la hora, la periodista dobló aquella prenda de baño recién comprada y la guardó en la maleta. No imaginaba que, como dejaría escrito después, Menorca la esperaba “con las fauces abiertas”. Seguir leyendo  

Era el verano de 2023, uno de esos días apacibles que raramente terminan registrados en la memoria a largo plazo, menos aún en las páginas impresas de un libro. Apretaba el calor en Madrid, lo habitual dadas las fechas, y Nerea Pérez de las Heras había quedado con su madre para pasar la tarde en un centro comercial. Entre los percheros donde colgaba la ropa rebajada puso el ojo en un vestido largo, de gasa negra con algunos detalles vistosos, y en un bañador de amplias franjas de colores. Se acercaban las vacaciones en la playa y, cuando llegó la hora, la periodista dobló aquella prenda de baño recién comprada y la guardó en la maleta. No imaginaba que, como dejaría escrito después, Menorca la esperaba “con las fauces abiertas”.

Lo que ocurrió en aquella cala de aguas turquesa lo sabe mucha gente. Pérez de las Heras (Madrid, 1982) tiene un perfil mediático: copresenta los podcasts Saldremos mejores y Lo Normal, colabora en el programa de televisión El intermedio y firma en diferentes publicaciones, incluido este periódico. Cuando el rumor ya circulaba, ella misma lo relató en su cuenta de Instagram. A finales de julio sufrió un accidente con la hélice de una embarcación. Justo el día que estrenaba el bañador de colores, que acabó desgarrado por el tijeretazo apresurado de una enfermera. El vestido no se lo pondría hasta unos meses después, cuando fue a visitar a sus padres para contarles que le habían amputado la pierna derecha por debajo de la rodilla.

Aun conociendo el desenlace, lo que la autora narra en Fantasma tiene algo de inefable. Vuelve a ser finales de julio, tres años después, y Pérez de las Heras charla sobre su ensayo, que sale a la venta el 3 de septiembre, en un bar pegado al margen sur del Manzanares y la M-30. “Tuvo que haber un periodo de latencia”, recuerda sobre el origen del libro ante un desayuno de café y porra, no muy lejos de la casa donde se crio como la benjamina de una familia numerosa. “Era consciente de que lo que escribes en estos estados un poco alucinados después de una experiencia vital demasiado fuerte te nubla el criterio. Quería darme un poco de margen, y cuando me encontré con Carme [Riera, su editora] ya había pensado que iba a escribir algo que fuera un poco más grande que mi comunidad”.

Fantasma es una no ficción literaria ejemplar, un engranaje preciso donde la vivencia personal trasciende sus propias barreras para abarcar debates de calado político y filosófico. Se presenta como un texto posicionado: cerca del activismo de izquierdas, lejos de las historias de superación. Contiene culpabilidad y rabia; también belleza, humor y elegancia. Gracia en el amplio sentido de la palabra, la misma que desprende en persona su autora. Pronuncia el réquiem por una extremidad perdida, una “difunta” que abandona este plano de la existencia demasiado pronto, demasiado repentinamente, dejando atrás un cuerpo y una mente que deben recomponerse y seguir con la inercia de la vida en su ausencia.

Desde esa experiencia “insólita”, la autora se proyecta al nosotros para poner sobre la mesa cuestiones que la tocan de cerca pero que conciernen a todos, temas como la situación de la sanidad pública, la crisis de la vivienda o la percepción social de la discapacidad. Por medio de libros, películas o episodios históricos aborda nociones como la teoría cíborg, mientras que las anécdotas personales la llevan a plantear reflexiones como que la discapacidad altera la vivencia del tiempo. “No pretendía hacer un ensayo exhaustivo: no he metido lo que tenía que estar sino lo que mi voz podía aportar”, detalla la autora. “Por ejemplo, no está lo que ha sido más relevante para mi proceso, mi tratamiento psicológico, porque sería una paja narcisista, sino lo que consideraba que era más relevante para el libro, lo que tenía valor literario”.

Con una carátula ilustrada con una escultura clásica mutilada que evoca la presencia perseverante y no pocas veces engañosa de la memoria, el título del libro juega con la expresión del síndrome del miembro fantasma. Cuenta la escritora en un capítulo que, cuando le preguntó a ChatGPT, este se lo describió con su palabrería relamida como “un fenómeno complejo que subraya la increíble capacidad de adaptación y reorganización del cerebro humano”. Ella, la inteligencia biológica, le rebate en su texto que ese impulso de sentir algo que ya no está no hace sino “subrayar la tortuosa y romántica capacidad de estancamiento y nostalgia del cerebro humano”.

La asunción de la irreversibilidad, de que no hay modo de regresar a un estado anterior, compone uno de los pasajes más lacerantes de un proceso que la autora narra en orden cronológico y sentido circular, con principio y final en el mar Mediterráneo. “Como hay varias operaciones y cicatrizaciones, no quería liar con saltos temporales”, explica. También ayuda la prosa diáfana y el ensamblaje minucioso de las piezas que conectan su relato íntimo con el ensayo. “Traté de vestir la experiencia más personal de recursos narrativos y de pensamientos culturales un poco más elevados, más universales”, resume.

En un momento en que la primera persona narrativa se recibe entre sospechas de estrechez de miras, Pérez de las Heras demuestra que es posible contar lo propio de una forma expansiva. Aunque esta es su historia, ella nunca está sola en Fantasma. No lo estuvo durante el largo peregrinaje de cirugías, control analgésico del dolor, rehabilitación y adaptación a una prótesis que compagina con una silla de ruedas. Con la autora recorren las páginas la que hoy es su mujer, la también podcaster y escritora Ana Garriga, sus amigas y su familia, una red afectiva que no se circunscribe solo a las personas amadas, sino que abarca a un personal sanitario al que reivindica sin caer en la trampa pegajosa del eslogan. “Desde el orgullo de que lo público es la cumbre de la civilización y lo que más merece la pena proteger, no mitifico a las personas que hay dentro de la estructura”, expone. “No los convierto en angelitos, seres vocacionales y desinteresados: son trabajadores”.

Una médica sobrepasada que le recrimina sin levantar la vista del ordenador no haber respetado los protocolos para gestionar la prescripción de la prótesis remite a la falta de empatía individual y de recursos de la sanidad pública. Una vecina que la jalea llamándola “campeona” mientras la observa subir las cinco plantas de su piso sin ascensor ejemplifica una compasión que ignora su perversidad. “Yo ya había comprobado [antes de escribir el libro] que la integridad física es un miedo atávico: nos da repelús ver una amputación visible y se generan unos mecanismos que me interesaba explorar, como la culpabilización del otro, porque hay quien se monta el cuento de que de alguna manera tú has tenido la culpa”, apunta. “La gente se está haciendo una narración en su cabeza cuando me ve. ¿Cómo no iba a hacer un relato si mi cuerpo me cubre de un relato todo el tiempo?”.

En Fantasma, Pérez de las Heras deja una frase que se queda martilleando en la cabeza: “Los cuerpos desviados, sobre todo los discapacitados, son —somos— un repositorio de ansiedad social, un cuento de terror con moraleja”. En una sociedad donde la optimización del cuerpo se ha elevado casi a la categoría de imperativo moral, su perspectiva resulta esclarecedora. “Ahora nos están exponiendo todo el tiempo al dogma de que somos plenamente responsables de lo que pasa en nuestros cuerpos, como si pudieras ser invulnerable si te forras de complementos y vas muchísimo al gimnasio”, profundiza. “Pero el mensaje de todo esto es que tus rodillas trabajadas a base de máquina de cuádriceps al final no te van a sostener. No hay un sistema público que te sostenga, no hay un entorno afectivo que te sostenga. Ese es el mensaje de fondo”.

Lo dice alguien que cuenta con un colchón emocional envidiable, pero que entiende que la responsabilidad sobre el éxito, la salud, el bienestar o las relaciones no depende de la fuerza de voluntad. “Cuando yo empecé a hablar de mi red afectiva y de la suerte que tenía y de cómo me estaba recogiendo, hubo activistas anticapacitistas con discapacidades mucho mayores que la mía que me dijeron: ‘Cuidado con esto, porque el mensaje que puede llegar es que, si no te has currado una red afectiva, o si no la tienes porque no la tienes, por algo será y tienes que estar sola”, ilustra la autora. “Pero yo también patino, por ignorancia y porque soy nueva”.

Como lesbiana, Pérez de las Heras ya era consciente de lo que supone quedar al margen de una normatividad que relega a quienes no encajan a la invisibilidad o el estereotipo. En su “variopinta y destartalada comunidad repartida por todo el globo y toda la historia de la humanidad”, como la describe en el libro, encontró un lugar donde pertenecer. Del armario de la homosexualidad tardó seis años en salir. El de la amputación le llevó dos meses, durante los que sus padres la situaron en una casa rural con amigos, en un viaje de trabajo y en otras varias ocupaciones de las que les iba convenciendo por teléfono, hasta el día en que se puso aquel vestido negro que había comprado en las rebajas. “Lo más difícil de todo ha sido encontrar el tono del libro, porque tenía que estar todo el rato controlando la distancia. Si me acercaba mucho, era cursi y sentimental, pero si me alejaba, no era sincera”, detalla. “Ha sido capítulo por capítulo y momento por momento, y hay algunos en los que sí me he permitido entrar al fondo del pozo, como es en todo lo relativo a mis padres”.

La honestidad, en cualquier caso, no implica volcarlo todo. Del mismo modo que no menciona su tratamiento psicológico, tampoco hay una explicación de las circunstancias del accidente. “Hay muchas cosas que sí pasaron y no cuento. Otras cosas que he cambiado de lugar, pero todo lo que cuento pasó”, aclara. El resultado es una lectura donde se acumulan los estratos de interpretación, desde el manifiesto político a la historia de amor, y en la que emerge la constatación de que, para verse a uno mismo, es imprescindible mirarse en los otros. “Yo constantemente trataba de ponerme en el lugar de la gente que estaba a mi alrededor, de hacérselo más fácil, porque veía que estaban con un runrún casi peor que el mío, que sé lo que pasa con mi cuerpo”, explica sobre los vínculos de reciprocidad que se generaron con quienes la arroparon. Y matiza: “En el libro está todo ese amor y en el libro está toda esa responsabilidad amorosa, pero también administrativa, porque la Administración tiene la responsabilidad de recogernos. Hay demanda política”.

Creado entre baterías de lecturas y jornadas de trabajo en la biblioteca del Ateneo madrileño, Fantasma se presenta en sociedad como “el debut literario” de Nerea Pérez de las Heras. Ella, no obstante, escribe “desde niña”, desde mucho antes de cursar el máster de Periodismo de EL PAÍS en 2008 y de que su nombre se fuera multiplicando en el encabezado de artículos, entrevistas y piezas de opinión como freelance, completando el sueldo y exprimiendo el tiempo al día con trabajos paralelos. “La escritura está en todo lo que hago en el audiovisual, en lo que hago en la radio. Cuando escribo una columna también es una columna literaria, porque siempre intento que tenga una historia, que enganche, que sea emocional…”, subraya. “Así que me cuesta mucho pensar que este libro es mi primera incursión en nada”.

Por no ser, ni siquiera es su primer libro. En 2019 publicó Feminismo para torpes (Martínez Roca), basado en un monólogo y una serie de vídeos homónimos colgados en la web de EL PAÍS en los que exponía con humor ácido los comportamientos machistas que aún persisten. El feminismo sigue siendo una fuerza motriz de su posicionamiento ético y político, ahora atravesado por la coyuntura de habitar un cuerpo nuevo. “El feminismo que estamos viviendo está centrado en el hacer, en poder, en ser independiente, muchas cosas que son estupendas, pero que se te caen de las manos en el momento en el que entra la discapacidad: hay una conversación pendiente entre feminismo y anticapacitismo”, señala. No es el único debate necesario en un mundo embriagado por el espejismo de la autosuficiencia. “La discapacidad como imagen te enfrenta a muchas cosas con las que no estás enfrentada normalmente, y es conveniente mirarla”, recalca la autora. “No apartes la vista cuando veas a alguien que tiene problemas con los bordillos o en la estación de metro, porque más tarde o más temprano esa ciudad va a ser hostil para ti”.

Nerea Pérez de las Heras
Alfaguara, 2026
248 páginas. 19,90 euros

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